domingo, septiembre 23, 2007

479. María José Prieto y yo

El 25 de diciembre de 2002 en la tarde salí furioso de una reunión con mis partners de Casagrande. No recuerdo el motivo, parece que mi enojo era en general, con cualquier cosa. Me despedí diciendo algo así como "Ok los dejo, voy a chocar mi auto".

Lentamente en el curso de los últimos años había ido perdiendo la fe en la humanidad; no sé cómo me soportaba a mí mismo. Eran tiempos particularmente raros, más encima mi novia me había pateado dos semanas antes y ese día estaba de cumpleaños. Formalmente cesante, conseguía pagarme los tragos con pegas ocasionales un poco por aquí, un poco por allá. Entre esos trabajos estaba la organización del festival POESÍA 100% para la Fundación Neruda, que ya iba en su segunda versión con México como país invitado. Había trabajado meses sin saber cuánto me iban a pagar. Todo me sonaba muy confuso.

Digamos que tipo 19:00 hrs bajaba por Colón en mi automóvil, un deportivo algo más grande que un taca taca (Suzuki Cervo 1981), cuando vi aparecer un Mitsubichi blanco virginal impecable. Como una alucinación quedó varado en mitad de la calle interponiéndose entre mi pasado y mi futuro. Parecía estarme invitando a que lo chocara, ¿y qué iba a hacer? Frené, toqué la bocina para quedar bien con el mundo, sabiendo que se trataba de maniobras meramente simbólicas. Con mi viejo Suzuki Cervo, roñoso, oxidado y minúsculo, mandé al Mitsubichi blanco al otro lado de la calle de un paraguazo: el tamaño no importa.

Sólo una mujer muy atractiva podría cometer una maniobra tan torpe, pensé a la velocidad del relámpago. En efecto, lo que se bajó del otro auto era un filete. Entonces vino la rutina, los movimientos nerviosos de la chica, mi cara de incredulidad ante lo que había pasado, por qué yo, por qué ahora, etc, y los pacos.

La mina era simpática, abrió el maletero para prestarme una herramienta que no pudimos encontrar entre un cerro de bronceadores y cremas hidratantes. Siguiendo instrucciones de los pacos intercambiamos cédulas de identidad.

En mi choque anterior una gorda había llevado testigos al tribunal para acusarme de manejar ebrio y marcha atrás. Empecé a calcular los daños. Los pacos me dijeron “nooo zi eza mina tiene plata, ez de la tele”. ¿María José Prieto? igual me sonaba conocida.

Se me acercó muy seria para decirme que estaba conciente de su responsabilidad y preguntarme cuánto me pagaba para dejar todo arreglado. También me pidió que no le cobrara demasiado. Pensé en todas las idas y venidas del juzgado por mi choque anterior y sentí un alivio inmenso. Y así fue como recobré la fe en la humanidad.

Mi primer impulso fue no cobrarle nada; pero decisiones de ese tipo desencadenaron la serie de pequeñas calamidades económicas que me habían llevado a la situación actual, de modo que le pedí cien lucas, sabiendo que el arreglo de mi auto costaría mucho más. Costó 350, sin embargo creo que valió la pena. Tomé la diferencia (250 lucas) como el precio a pagar para recuperar la fe en la humanidad. Ya lo saben compañeros (les diría a mis partners de Casagrande más tarde), la fe en la humanidad cuesta 250 mil pesos chilenos.

Los pacos estaban felices. Al rato llegó Cristian Campos y me fui en su jeep con MJP hasta unas cuadras de Providencia. Mientras caminaba hacia la micro me dejé dominar por una extraña sensación de seguridad interior. Toda mi vida se ordenó en ese momento, como si el choque hubiera sido una ducha existencial. Vi claramente cuáles debían ser mis prioridades, cité al director de la Fundación Neruda a una reunión urgente a las diez de la noche y le puse precio a mis servicios para Neruda. Todo se arregló. Volví con mi chica (para separarme definitivamente un año y medio más tarde) y encontré trabajo estable.

Más tarde reparé en las casualidades que se dieron esa noche: había previsto mi accidente, la mujer que trataba de recuperar también se llama María José y estaba de cumpleaños. Por supuesto que se trató de casualidades, pero me divierte pensar que todo haya sucedido como si lo hubiera planeado yo mismo, eligiendo el momento y los personajes.

Por cierto, mi choque anterior (una gorda me impactó por detrás) fue también extraño. Fue el mismo día de la presentación de mi primer libro, 11 de diciembre de 1995. Pero esa es otra historia.
publicado en The Clinic el año pasado

9 comentarios:

Rodrigo dijo...

y qué espera para contarla!

cienfuegos dijo...

diciembre de 1995, El Libro de los Tiburones, qué gran pedazo de vida ha pasado desde esas lecturas.
saludos tiburón carrasco, licenciado estrada envía abrazos y o invita tomarse una cerveza en mi blog:
http://cienfuegospoesia.blogspot.com/

LadyShara dijo...

en reirme con semejante relato. en reirme.

crisis dijo...

julio: es usted un narrador muy fino.

baudelaire3 dijo...

Buena crróooonica; en estos días debieran llegar las despedidas antárticas, sumatra y los marcadores. La vida es buena, no sé si bella, pero buena (a veces).

Un abrazo,

Gómez O.

no entiendo dijo...

La vida es buena, no sé si bella, pero buena (a veces).

nadie dijo...

excelente! ¿habrá que ser poeta para que a uno le pasen cosas así?

Criollita dijo...

Pero... ¿cómo es que estuviste en una reunión un 25 de diciembre? Yo también hubiera estado enojada.

Los reveses de la vida son los que nos hacen reaccionar para priorizar lo importante y no lo urgente

Cariños,

pinminac dijo...

Julio, de seguro que te podrías hacer bien amigo del guionista de Malta con Huevo.

"Me divierte pensar que todo haya sucedido como si lo hubiera planeado yo mismo, eligiendo el momento y los personajes". Clave Julio. Clave.