miércoles, diciembre 07, 2005

105. Una historia navideña

Invitado por mi amiga Shara participo en una campaña para hacer regalos a niños de la Corporación del Niño Agredido. Tengo varios libros infantiles que pensaba regalar a la hija de mi ex novia el año antes pasado, así que se me ocurrió regalar uno de ellos. Sin embargo, eso me hizo recordar que devolví un regalo navideño idéntico cuando tenía la edad de la niñita que me tocó en suerte.

Para la navidad de 1975 vivía con mi madre y mi hermana en un edificio de refugiados políticos, ubicado en una comunidad estudiantil de Paris. En el barrio en general éramos todos pobres, tenía amigos franceses (hijos de estudiantes), vietnamitas, africanos, argelinos, gente que había escapado de sus países y que trataba de flotar un poco mientras hacía algo de proselitismo.

Los estudiantes organizaron una navidad benéfica, disfrazaron a uno de ellos de viejo pascuero y juntaron regalos para los niños del sector. Entre esos niños estaba yo.

Cuando llegó mi turno el viejo pascuero me entregó un librito de cuentos, que rechacé inmediatamente. Buscó en seguida otro libro más grande, y luego otro que incluía un disco para escuchar el relato de la historia. Dije que no. Otro más. No. Perdió la paciencia y farfullando palabrotas a media voz (que escuché sin turbarme un gramo), llamó a un ayudante para que se encargara de mí. Éste trató de convencerme de que aceptara varios discos de música infantil y unos osos de peluche que eran un espanto. Se sentó, suspiró y me pidió que escogiera yo mismo un regalo entre los juguetes allí dispersos.

Fui directo a una pistola de plástico negro.

Habría que meditar sobre cuánto de lo que somos tiene que ver con la educación que recibimos y cuánto con un chip que llevamos enquistado desde el nacimiento. No he cambiado nada desde entonces, cada vez que voy a elegir algo repito la misma escena de aquella navidad, agotando a mi contraparte.

Pero la anterior era una acotación al margen, lo que me llama más la atención es constatar que esa noche desprecié los libros y la música por una pistola. Wao.

Veremos qué regalo hago a esta niñita.

6 comentarios:

La testigo dijo...

Me imagino que si tú te tiraste a una pistola, una niña preferirá una muñeca (mmm... que sea tipo Barbie, mejor... ¿viste que hay una Britney Spears?), pero igual ponle un libro como un apéndice, por ahí, en algún momento, se anima a mirarlo.

Andres Waissbluth dijo...

Malayo, revisa aca:
http://www.radioblogclub.com/

El Editor dijo...

en la disputa entre las letras y las armas, cervantes también parece inclinarse por las armas

Bin Laden dijo...

Hijo?

LadyShara dijo...

que susto malayo.

anonima dijo...

esa debilidad tuya por los niños ¿no?...es para puro confundirnos.

me parece excelente que el niño elija la pistola negra y que luego apunte con ella con un ojo cerrado y que se encuentre con otro niño que le contesta con la boca chueca y mostrando los dientes y que luego los dos se miren y uno le diga al otro que cómo se llama y miren sus pistolas con algo de envidia, conversando un poco de quien es el más bacán. Así, en una de esas el niño que elige la pistola hace un amigo, uno que le alivia la tristeza y la soledad de las comunas, se hace de dos o tres amigos más y las niñitas lo miran de lejos y aunque él cree que las minas son un desastre,igual mira bajo sus faldas. Años más tarde el niño que elige la pistola escribe sobre eso y a alguien le interesa, escribe por ejemplo eso de las pompas de jabón (o cosas por el estilo) que de haber leído con mucha diciplina a perrault o más tarde a verne, tal vez no le hubieran salido como disparos sino como tímidos sueños, porque eso pasa ¿sabes?