jueves, diciembre 29, 2005

116. He manejado el automóvil de mi vida por la dura carretera del rock n roll



Sólo en el andén
Un destino cruel
Duro como esta canción

Pobre y sin mujer
Casa ni cuartel
No importa dónde salga el sol

Coro:
Lleno de pesar
Por el mundo voy
Ya no sé qué hacer
Ya no sé quién soy
Viajo hacia el placer
Huyo del dolor
Pero siempre estoy
Un poco peor

(luego viene un solo de tiple y se repite el coro con fuerza)

domingo, diciembre 25, 2005

115. La Policía I: Un flaco, mi primo y yo, y nuestra experiencia canina.

(Marzo / 1993)

Así como la nieve de la montaña se derrite con el sol del mediodía (Shakespeare): no de otro modo se esfumaban nuestras esperanzas de entrar sin pagar al concierto de Metallica en el Estadio Nacional, habiendo sido sorprendidos por la policía chilena.

-¿qué hacen aquí?
-ya nos íbamos.
-bueno, váyanse.

Eran cuatro pacos con dos perros cada uno. Dimos media vuelta y caminamos, y ya se respiraba la sensación de que uno de nosotros diría en cualquier momento que “no son tan malos los pacos”, cuando sentimos dos ladridos a nuestras espaldas, el último (¡Espantable comprobación de los experimentos de Dopler!) más cerca que el primero:

madre de dios, nos habían soltado los perros:

Malayo, delicado lector de los clásicos latinos, a la sazón 24 años, soltero: alimento para perros.

Corrimos como pudimos en direcciones que distaban 25 grados aprox. una de otra; mi suerte siempre lamentable en todo sentido (no es tan cierto pero suena bien) suele guiñarme un ojo en situaciones como ésta, y ninguno de los canes me encontró apetitoso. Ya me batía en feliz retirada, solazándome de mi hado al fin y al cabo ni tan perruno, cuando al volver la vista a la izquierda vi cómo un pastor alemán y un doberman derribaban a mi primo y lo faenaban en el césped.

Mi primo tenía entonces 19 años y yo estaba acostumbrado a sentirme responsable por él. Sin ocuparme del flaco, que bastante mordisqueado se había puesto a salvo por su cuenta, torcí mi rumbo, e invocando entre maldiciones los 450 cc de ron barato que me había empinado esa noche, embestí con toda mi fuerza al pastor alemán y tomé a mi primo de la polera. Calzaba botas con punta de hierro y llevaba conmigo una navaja suiza pero no le hice ningún daño; no entiendo por qué, todo sucedió muy rápido. El doberman había retrocedido y se me lanzó encima mordiéndome en el muslo (por suerte mis pantalones eran anchos). El pastor alemán me persiguió y consiguió asirme por la pantorrilla. Mi mejor jean quedó reducido a hilachas.

Finalizada la carrera volvimos la vista sin terminar de creer lo que había pasado. Los pacos reían.

Quiero que sepan que una mordida de pastor alemán duele muchísimo y que esos perros son más ágiles que los doberman.

Todo eso no impidió que consiguiéramos finalmente entradas a mitad de precio. Vimos el concierto; yo desde la primera fila con mi jean hecho flecos; mi primo y el flaco algo más alejados. El pobre de mi primo tuvo que ir luego al cirujano, pues el pastor alemán estuvo a dos milímetros de abrirle la arteria que baja a través de la axila izquierda (esto lo supimos después).

Los pacos, nos decíamos al día siguiente, ah, los pacos...