(Marzo / 1993)Así como la nieve de la montaña se derrite con el sol del mediodía (Shakespeare): no de otro modo se esfumaban nuestras esperanzas de entrar sin pagar al concierto de
Metallica en el
Estadio Nacional, habiendo sido sorprendidos por la policía chilena.
-¿qué hacen aquí?
-ya nos íbamos.
-bueno, váyanse.
Eran cuatro pacos con dos perros cada uno. Dimos media vuelta y caminamos, y ya se respiraba la sensación de que uno de nosotros diría en cualquier momento que “no son tan malos los pacos”, cuando sentimos dos ladridos a nuestras espaldas, el último (¡Espantable comprobación de los experimentos de
Dopler!) más cerca que el primero:
madre de dios, nos habían soltado los perros:
Malayo, delicado lector de los clásicos latinos, a la sazón 24 años, soltero: alimento para perros.
Corrimos como pudimos en direcciones que distaban 25
grados aprox. una de otra; mi suerte siempre lamentable en todo sentido (no es tan cierto pero suena bien) suele guiñarme un ojo en situaciones como ésta, y ninguno de los canes me encontró apetitoso. Ya me batía en feliz retirada, solazándome de mi hado al fin y al cabo ni tan perruno, cuando al volver la vista a la izquierda vi cómo un
pastor alemán y un
doberman derribaban a mi primo y lo faenaban en el césped.
Mi primo tenía entonces 19 años y yo estaba acostumbrado a sentirme responsable por él. Sin ocuparme del flaco, que bastante mordisqueado se había puesto a salvo por su cuenta, torcí mi rumbo, e invocando entre maldiciones los
450 cc de ron barato que me había empinado esa noche, embestí con toda mi fuerza al pastor alemán y tomé a mi primo de la polera. Calzaba botas con punta de hierro y llevaba conmigo una navaja suiza pero no le hice ningún daño; no entiendo por qué, todo sucedió muy rápido. El
doberman había retrocedido y se me lanzó encima mordiéndome en el muslo (por suerte mis pantalones eran anchos). El
pastor alemán me persiguió y consiguió asirme por la pantorrilla. Mi mejor jean quedó reducido a hilachas.
Finalizada la carrera volvimos la vista sin terminar de creer lo que había pasado. Los pacos reían.
Quiero que sepan que una mordida de
pastor alemán duele muchísimo y que esos perros son más ágiles que los
doberman.Todo eso no impidió que consiguiéramos finalmente entradas a mitad de precio. Vimos el concierto; yo desde la primera fila con mi jean hecho flecos; mi primo y el flaco algo más alejados. El pobre de mi primo tuvo que ir luego al cirujano, pues el pastor alemán estuvo a dos milímetros de abrirle la arteria que baja a través de la axila izquierda (esto lo supimos después).
Los pacos, nos decíamos al día siguiente, ah, los pacos...