miércoles, diciembre 10, 2008

740. hombres tiburones

"... estoy acostada en mi colchón como si fuera un pedazo de madera flotando en la mitad del océano. Hay días en que me dan ganas de levantar los brazos y pedir ayuda. Otros, en que me dejo llevar por la corriente, confiando en que, tarde o temprano, volveré a pisar tierra firme.
Si estiro la mano hacia mi izquierda, puedo tocar la espalda de un hombre tiburón. Conozco el comportamiento de los hombres tibrones. Después de morderte y chuparte la sangre, desaparecen. Algunos se despiden diciéndote que en sus casas los esperan para almorzar. Otros, simplemente, encienden el motor de sus autos y aceleran por las calles desiertas de Santiago, contentos de dejar atrás sus cacerías nocturas."

de Verano Robado / María José Viera Gallo 

lunes, diciembre 08, 2008

739. yeguas, perras, escorpionas y víboras

La élite se las arregla con el idioma como con un palo encebado. Uno abre los diarios y se encuentra con vocablos cuyo significado debe inferir leyendo cuidadosamente el resto de la frase. "Incumbente", "abarcativo", "eficientar", son algunos ejemplos. Creo que debemos estas curiosas contribuciones a los gerentes de empresas, que no tienen por qué saber hablar bien, pero que siempre tienen un micrófono a su disposición. Me hizo gracia uno la otra vez que andaba tratando, con cierto espíritu metalúrgico, de "galvanizar voluntades". A proposito de eso, ¿por qué será que la mayoría de la gente que conjuga el verbo "empoderar" no es muy brillante que digamos?

Todavía no sé lo que significa "sinergia" porque se usa en contextos diversos, aunque presumo que denota un rasgo positivo de las relaciones de trabajo. El caso de "experticia" es más claro: significa "pericia", por mucho que les duela a los innovadores. Les he llamado la atención a algunos pero aseguran que tales palabras denotan situaciones nuevas en nuestro idioma. Hasta hace unos cinco años la gente sencillamente no se empoderaba y carecía de experticia.

Recuerdo que una vez me hice una zancadilla con mis propias palabras. Me había convertido en un fanático de los clásicos chinos, partiendo por el célebre Sun Tzu, que figura entre los más leídos por los gerentes de empresas chilenas. Al final de un desengaño amoroso me di cuenta de que mi conocimiento del género femenino se limitaba al placer que podía obtener de él. Quise remediar esa situación, y estudiando mis cicatrices clasifiqué a las mujeres de acuerdo al daño emocional que podían provocar. No había aprendido aún lo tonto e inútil que resulta echarle la culpa de nuestro sufrimiento a las ex parejas sentimentales. Definí cuatro categorías: "yeguas", "perras", "escorpionas" y "víboras", imitando el uso desprejuiciado de los animales que vemos en la literatura china. Las yeguas (sostenía) no tenían conciencia del daño que hacían; las perras sí, pero no podían controlarlo; las escorpionas lo disfrutaban pero no sacaban partido de él; y las víboras en cambio, hacían daño para sacar provecho.

De acuerdo a esta lógica mis compañeras de trabajo entraban en la categoría de "yeguas", lo que era un piropo, porque con eso las declaraba inocentes del daño emocional que pudieran causar. Pero ellas no sabían de mis lecturas de los clásicos chinos, y al enterarse de que había bautizado su oficina como "el establo", se empoderaron con justa razón. Me invitaron al establo y cerraron la puerta con sinergia para que no pudiera escapar. "Julio", me dijeron, mirándome con torva faz, "nosotras te queremos mucho pero no vamos a permitir que…". Y yo, que ya tenía el corazón destrozado, asistiría entonces al hundimiento de mi orgullo.