domingo, septiembre 14, 2008

704. qué sabes de cordillera

Estoy seguro de que la economía del país crece más cuando la cordillera se ve espejeante después de un día de lluvia, porque las personas que la miran son más felices y rinden más en su trabajo. Ninguna otra capital puede ofrecer esta vista, y por lo mismo es el ícono que se fija más concisamente en la memoria cuando se viaja fuera de Chile. Con justa razón se le menciona en nuestra canción nacional y cuando los viajeros regresan se levantan de sus asientos en el avión para admirarla. Yo, de hecho, viví mucho tiempo fuera de Chile y, a veces, como un tic nervioso, vuelvo la cabeza hacia el este para cerciorarme de que las montañas siguen allí.

Aprovechando estas fechas uno puede imbuirse de cierto fervor patriótico y recordar que son las mismas montañas que vieron los próceres de la independencia y los pueblos originarios que habitaron este suelo. Su influjo puede estimularnos, además, si las observamos con espíritu de geólogos. Es maravilloso tomar conciencia de la fuerza con que se han elevado, producto del apachurramiento de la placa de Nazca contra la sudamericana. Nuestro continente se aleja de África varios centímetros por año, y así, probablemente en algunos millones de años más (dando por sentado que el planeta no haya sido devorado por un agujero negro fabricado en Suiza), nos habremos acercado lo suficiente a Asia como para volvernos karatecas.

Raúl Zurita le dedicó algunos de sus mejores versos a la cordillera, Neruda escapó hacia Argentina a través suyo y a Patricio Manns le sirvió como tema para poner –cosa nunca después vista– en el primer lugar de los rankings musicales una canción de raíz folclórica.

Sin embargo, mientras el gobierno está empeñado en promover nuestra “imagen país”, las montañas son cada vez menos visibles debido a la sobrepoblación de edificios enormes, semejantes a colosales y monótonas esculturas de Mondrian, llenos de departamentos de veinte metros cuadrados, con paredes tan delgadas que un mosquito podría taladrarlas para picar al vecino.

Un estudio publicado la semana pasada da cuenta de cómo, rediseñando la arquitectura de una escuela de Puente Alto, se logró disminuir sus índices de matonaje escolar. Es una buena prueba de que la arquitectura incide en la calidad de vida y el comportamiento de las personas, y puede servir para bajar la violencia, pero también para atizarla, si se la usa inadecuadamente. Esto último ocurre cuando una o dos personas con poco cerebro y mucho dinero ponen un mamotreto de cincuenta metros de alto en la vía pública sin presentar un estudio de impacto ambiental.

Cuando estaban por destruir la manzana del cine Las Lilas, hice una vaca con unos amigos para pagarle a una bruja que, según nos informó, podía maldecir las cañerías de los nuevos edificios que se construyeran allí. Nos cobró cuarenta lucas y dijo que trabajaría desde su casa. No tengo forma de saber si fuimos estafados. En todo caso, otra bruja que supo de tales gestiones se ofreció a hacer un trabajo gratis. Dio varias vueltas a la manzana murmurando algo. No entiendo nada de brujería, pero estoy ansioso por ver los resultados.
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