domingo, agosto 03, 2008

686. corazón de melón

Una cardióloga portuguesa me mostró hace poco algunos de los exámenes que debía analizar cotidianamente como parte de las actividades de su profesión, y me di cuenta de que si uno tuviera suficiente dominio sobre el propio corazón podría producir sofisticadas formas de arte, tan sólo conectándose a los aparatos médicos y variando la frecuencia de los latidos. Un músculo cardíaco común puede, de hecho, con la ayuda de dichas máquinas, obtener imágenes impresas que no desentonarían en cualquier feria de arte contemporáneo.

Para Wagner, la forma de arte perfecta era la ópera, por su capacidad de reunir poesía, música, danza y dramaturgia en una sola obra. A mí esa idea siempre me pareció un poco grosera y ahora encuentro que las resonancias, las ecografías y el resto de los exámenes cardiológicos ofrecen todo un universo nuevo de posibilidades mucho más sutiles.

Además, sería bonito esclavizar estos aparatos de última generación usando lo que nos hace tan diferentes a ellos. Sería como manejar un pincel directamente con el corazón, pasando a llevar la dictadura del intelecto y sus fijaciones artificiales sobre lo que es o no adecuado; entonces sí que podríamos dar con la obra de arte verdaderamente perfecta. Aunque ello requeriría destrezas nuevas, es cierto, y me imagino que debería enseñarse a través de una malla curricular no convencional, con asignaturas como yoga, meditación trascendental, hipnosis y qué sé yo cuántas cosas más.

Pensé en eso mientras trataba de inventar un piropo apropiado para esa amiga cardióloga o “cardiologista”, como se dice en portugués, a que hice referencia al comienzo. Estando cerca suyo los corazones simplemente se desbocaban, y habría tenido que autoinferirme una inyección de cinismo para controlar el mío, si no estuviera lisiado por las no pocas cirugías sentimentales que me he practicado en la vida, que me han dejado con una inmensa desconfianza hacia cada gramo de emoción que creo percibir. De no ser así, habría abandonado mi corazón hace tiempo en Brasil, Portugal, Huechuraba o en cualquier otro lugar.

En todo caso, mi supuesta admiración por la cardióloga portuguesa podría ser vista como un pretexto, un sencillo recurso literario. Mi corazón, a estas alturas, debe ser un lugar muy lúgubre, gracias a Dios: una obra de arte moderna. El cinismo es bastante práctico para mantener las pasiones a raya. Pero quienes pretendan volverse cínicos deben saber que ese viaje es sólo de ida. Después es casi imposible desciniquizarse, porque uno le agarra el gusto y el cinismo se convierte en una cardiopatía. A fin de cuentas, es fantástico someter el corazón a la perversa dictadura de la razón para evitarse bochornos e incomodidades. Más me convenzo de ello cuando escucho radioemisoras que promueven el amor de pareja. En este momento, sin ir más lejos, el pobre Camilo Sesto dice que siempre se enamora de mujeres que no lo pescan (si yo fuera él me habría cortado el pelo hace rato) y, unos minutos atrás, José José aseguraba haberse transformado en paloma, vaya uno a saber por qué.
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jueves, julio 17, 2008

683. motociclistas condenados al hospital o la morgue

Escuché un tipo la otra vez en el gimnasio afirmando muy contento que hay dos clases de motociclistas (o "moteros", o "motoqueros", como se hacen llamar"): los que ya se sacaron la chucha y los que todavía no se han accidentado. Él decía ubicarse entre los segundos. Me parece bien. Lo malo es cuando le arreglan el tubo de escape a la moto para hacerse notar. Qué faltos de carino, quieren obtener la atencion de la gente a cualquier precio. Si se van a matar, por qué tienen que hacerlo con escándalo?

sábado, julio 12, 2008

681. kaspar

Vayan a ver esto por favor, funciones del 9 al 12 y del 17 al 20 a las 21:00 hrs; es necesario reservar antes en el 7323000. Yo quise ir miércoles y estaba agotado y fui jueves.
Es en Teatro La Memoria, bellavista 0503. No alcanzo a explicar por qué, ahora, pero es tremenda la obra.

"Kaspar" de Peter Handke
Puesta en Escena: Rodrigo Pérez
Diseño integral: Taira Court
Carlos Aedo, Juan Pablo Fuentes, Nona Fernández, Ingrid Isensee, Paola Lattus, Juan Pablo Miranda, Santiago Meneghello, Gerardo Oittenger, Sebastian Pinto, Carla Romero, Daniela Ropert, María Constanza Ramírez, Andrea Silva, Macarena Saquel, Carlos Tampe
Adhesión $2000
www.teatrolamemoria.cl

miércoles, julio 09, 2008

680. Sobre la conveniencia o no de apedrear camionetas del clan Pinochet en 1990

Corría el año 1990, el primero de la "transición a la democracia", y Aylwin hacía lo que mejor sabía hacer: reir. La cara de estúpido que ponía era tan convincente que no daba margen para pensar que se tratara de una estratagema para mantener tranquilos a los uniformados.

En septiembre yo estaba de visita en Chile (viví en Cuba hasta 1992), y aprovechando que una prima pololeaba con el entonces vicepresidente de la FECH, participé en cuanta manifestación estudiantil hubiera. Incluso me colé en algunas reuniones políticas importantes, escuchando boquiabierto el discurso pragmático con que los universitarios de entonces negociaban sus demandas. Tardé en darme cuenta de que se trataba de una jerga vacía. Lo que más me gustaba eran las manifestaciones, siempre estaba listo para tirar piedras y enfrentar al guanaco. De hecho salí en varias páginas de la prensa, tal cual los energúmenos de Macul con Grecia pero con el rostro descubierto.

En una de las pausas, sentado junto a un grupo de cinco personas en el pasto del Pedagógico, escuché comentar un incidente en el que algunos “desubicados” (era el parecer de dos de los presentes) habían apedreado la camioneta de una hija de Pinochet.

-Hicieron lo correcto (dije yo, venciendo mi timidez y con unas ganas tremendas de tener la camioneta a tiro de piedra).

El que llevaba el argumento contrario dijo sonriendo a su vecino:

-Ah, este loco piensa lo mismo.

Los dos que estaban a mi derecha hicieron un comentario despectivo sobre sus aspiraciones políticas. Por la forma en que lo dijeron pensé que había algo de envidia. Pero sea cual fuere su motivación, estaban en lo cierto.

Acabo de recordarlo porque el flaco defensor de los automóviles del clan Pinochet (“Ah, este loco piensa lo mismo”) es hoy el subsecretario de cultura, Arturo Barrios.

He cambiado de parecer en muchas cosas pero sigo pensando que estuvo bien apedrear la camioneta, puesto que no había otra manera de hacer justicia en Chile.

domingo, julio 06, 2008

678. brujos en la noche

Está a punto de cumplirse un nuevo aniversario del nacimiento de Neruda, pero la efeméride –como es lógico– ya no calienta a nadie. La única vez que se tiró la casa por la ventana fue, como se recordará, el 12 de julio del 2004, para el centenario del poeta. No estoy pidiendo una nueva celebración, pues en esa ocasión todos quedamos hasta las masas con el asunto. Traigo ahora el tema a colación porque entonces, mientras las autoridades asistían a una cena en La Moneda en honor al festejado, Neruda estuvo –claro que de una forma extravagante– en el Teatro Camino.

En Chile poca gente lo sabe, a pesar de que fue la “noticia divertida” del New York Times: en ese recinto, los hombres y mujeres de la revista Casagrande invocaron al poeta a través de una médium, a las 00.00 horas del 12 de julio de 2004. Neruda no dijo ni pío, pero nadie esperaba que lo hiciera. Volodia Teitelboim había advertido que el poeta no era afecto a este tipo de cosas. Por otro lado, es mejor que no haya hablado, porque ya se había originado una pequeña polémica sobre los derechos de autor de las eventuales palabras que pudiera pronunciar.

No puedo dejar de informar que la médium aseveró esa noche que este columnista era la persona más cercana a Neruda. Si es cierto o no, habrá que discutirlo en el más allá; a mí me parece, en todo caso, que la mujer era una profesional bastante seria.

Algún tiempo después unos amigos quisieron replicar la experiencia en Nueva York, pero la locación elegida puso de mal genio a la Iglesia Católica, que presionó para abortar el proyecto. Pretendían hacerlo en una catedral.

Los cruces entre literatura y eventos paranormales no son nuevos. De entre todos los autores que se han relacionado con el tema, me interesa Fernando Pessoa, que nunca ocultó su interés por el ocultismo y entabló una breve amistad con el nigromante (que rima con “farsante”) Aleister Crowley. Uno de sus biógrafos ha insinuado que el poeta portugués hizo descender una niebla para retrasar la llegada del famoso brujo a Lisboa. Dicen que, al encontrarse, Crowley se lo reprochó cariñosamente.

Una vez, en Santiago, un grupo de poetas quiso (quisimos) recrear un improbable duelo de magia entre estos dos personajes, usando como escenario una casona abandonada del barrio Yungay en la que tiempo atrás funcionó un manicomio. Fue rara esa noche, quedamos algo poseídos.

Créanlo o no, yo también he estado experimentando la paranormalidad. Últimamente veo, o más bien siento, las cosas que me atañen antes de que sucedan. También adivino el curso de las conversaciones y noto cómo las pequeñas banalidades del día a día encajan unas con otras, aunque no sé con qué propósito. Me pasa sobre todo si estoy saludable y tranquilo. Es muy agradable, me hace sentir una cierta comunión entre personas, lugares y acontecimientos. Desgraciadamente, no lo puedo manejar a voluntad. Si pudiera, ya habría cambiado los e-mails y el celular por la telepatía, que es, al parecer, una modalidad de comunicación harto más práctica y eficiente.

sábado, julio 05, 2008

677. más llorones que no sé qué

Venía en bicicleta por Eliodoro Yáñez con los audífonos puestos, sin preguntarme demasiado a qué se debía la ausencia de tráfico un domingo a esa hora, cuando al llegar a Antonio Varas atravesé una aglomeración de personas. No presté mayor atención, convencido de que se trataba, a juzgar por la actitud de la gente, de una celebración religiosa. Justo en el momento en que cruzaba la intersección de las dos calles fui alcanzado por una caravana de automóviles oscuros que doblaban hacia el centro. Había ido a parar involuntariamente al corazón de lo que era a todas luces un cortejo fúnebre.

Un cordón de carabineros me impedía cambiar de dirección y la vereda estaba atestada de gente, por lo que pedaleé dos cuadras junto al féretro haciendo lo posible por demostrar seriedad, hasta que por fin pude ganar la vereda. No veo televisión, pero leo la prensa y sabía que el general Bernales había fallecido en Panamá. A pesar de todo, confieso que, al igual que a su hijo, me sorprendieron las muestras de cariño que vi entonces.

Está más que claro que el gobierno sacó el provecho que pudo a esta situación para distraer la atención de los paros y manifestaciones que se avecinaban. La misma expresión “general del pueblo” (lo digo con todo el respeto del mundo) más parece salida de una agencia de publicidad que del alma de la ciudadanía. Mucha gente se ha escandalizado por eso, pero yo lo encuentro bien. Ahora que ha pasado algo más de una semana podemos hablar más fríamente del asunto: a las personas les gusta llorar y se les dio todo lo que necesitaban para hacerlo: una tragedia, un escenario y una ceremonia impecable, amenizada por una niña símbolo que cantó el “Ave María” y por algunos ministros actores que hicieron pucheros frente a las cámaras. Todo esto puede sonar a ironía, pero estoy siendo muy franco. El melodrama me parece un arma pacífica y legítima, sobre todo si se usa contra los gremios que creen que van a hacer bajar el precio internacional del petróleo parando el tráfico en las carreteras chilenas.

Volviendo a mi trayecto, al subir a la vereda escuché una voz familiar y me encontré a boca de jarro con Bruno Vidal, que, sobra decirlo, es un gran poeta. Estaba de pie como un soldado y sostenía un sombrero en el pecho. Le pregunté qué hacían allí él y toda esa gente. Me dio una respuesta que no deja de tener fundamento: “¡Pero si esto es el fascismo, esto es lo que ama el pueblo!”. Se refería, naturalmente, no al fallecido general, sino a los rituales masivos y alegóricos, propios de las dictaduras.

Intercambiamos opiniones sobre la muerte mientras pasaba el cortejo. Pudimos ver curiosos fenómenos, como un esmirriado ciclista con una bandera chilena más grande que él, y un tipo vestido de camuflaje en una motocicleta destartalada.

Es muy loco el pueblo chileno. “Nos retiramos ahora, la vida tiene que continuar”, le dije subiéndome a mi bicicleta. “Los poemas están esperando para ser escritos”, me corrigióél poniéndose el sombrero. Y las columnas de opinión también, contesto ahora, con más de una semana de retraso.