lunes, octubre 17, 2005

64. También soy antropólogo



Los antropólogos son una clase particular de sociólogos, o viceversa, o ambos son subespecies dentro de la familia de los sesudos de la sociedad. Pero los antropólogos son más artesanales y por ende, menos pagados de sí mismos. Pobres antropólogos, los he visto trabajar como guías de museo, bibliotecarios o funcionarios municipales, esforzándose por pagar el arriendo de un pequeño departamento en Ñuñoa.

Dan la impresión de no preocuparse mucho del aseo personal. Apenas les das la oportunidad, se largan a mostrarte su enternecedora pero aburrida visión de mundo, que termina siendo un colado de política (política de la política), estudios de género y ecología, salpicado con lecturas de Castaneda.

Hace años participé en una soiré de antropólogos. Rafael, el antropólogo que me había invitado, trabajaba como vendedor de una pequeña librería de Portugal llamada Mímesis, siempre a punto de quebrar.

Se desahogaron contándome sus cuitas a mí, que era el único ajeno a la carrera. Así supe cómo la única vez que había sido publicado un aviso en El Mercurio pidiendo antropólogos (dos años antes), se habían encontrado todos en la dirección del aviso. “Si a un antropólogo le va bien (decían) es porque anda metido en algo raro”. Sólo había dos expectativas para ellos: estudiar un postgrado o ponerse a vender collares en una feria.

La ocupación que desempeñaba yo por ese entonces para financiar mis estudios de música no era menos exótica: gerente de una fábrica de ataúdes (1997). Pero todavía no tengo fuerzas para contarlo.

Este fin de semana en el Clan (bar nocturno de Bellavista) me topé con un amigo al que no veía hace tiempo. Se dedica a encontrar libros para satisfacer encargos de determinados clientes, es una librería ambulante. Eso lo hace viajar a Argentina y otros lados a hacer compras. Con la diferencia entre lo que compra y vende, llena el refrigerador y se paga los tragos. La forma en que hablaba me hizo recordar lo que había estudiado. Y claro, es antropólogo.

Yo no hablo como uno de ellos pero no me costaría aprender. Sólo que no me dan ganas. A pesar del título de este posteo, y a pesar de que estaba en mis planes hacerlo cuando empecé a escribir, no voy a terminar diciendo que soy antropólogo. Porque ser algo implica un esfuerzo por sentirse como ese algo, y ser sociólogo me ha dejado extenuado. Esta noche por lo menos, prefiero no ser nada.

1 comentario:

sagrada::familia dijo...

Hermano es verdad. Cuando no esperas nada todo es ganancia.
Como decía De Rokha
"Contentos de la buena tristeza
y de la buena pobreza
que nos torna libres y emancipados"
Aprovecho de saludar a los bombardeos de poemas. "El trauma positivo" es un gran descubrimiento del siglo XXI.
Salud!